Paradoja: -. Aserción inverosímil o absurda, que
se presenta con apariencias de verdadera. -. Figura de pensamiento
que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.
(1)
El
concepto de "Desarrollo Sustentable", instalado a partir
del Informe realizado por la Comisión Mundial sobre Ambiente
y Desarrollo en el año 1987, definido como "aquel
que satisface las necesidades de las generaciones presentes, sin
comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer
sus propias necesidades", ha dado origen a través
de los años a varias interpretaciones, de mayor o menor
amplitud, que fueron incorporándole las distintas dimensiones
que componen el bienestar de las personas, tales como la sustentabilidad
ecológica, económica, social, política, cultural,
etc.
Es
así que a partir de la instalación de este paradigma
en el discurso se intenta solucionar las cuestiones más
trascendentes e impostergables que aquejan al mundo, como ser
la pobreza (con todo lo que ello significa en materia de salud,
educación, seguridad y justicia) y el deterioro ambiental.
Tan loables objetivos han generado que desde variados ámbitos
y sectores se proclame al Desarrollo Sustentable como la única
salida para que la humanidad y el planeta no sigan precipitándose
hacia procesos de degradación irreversibles.
Ciertamente,
nadie que presuma tener buenas intenciones podría declararse
en contra de lo que rezan sus definiciones. De hecho, múltiples
protagonistas con diversos intereses entre sí pregonan
el Desarrollo Sustentable aunque esperen de él resultados
diferentes.
Hoy,
a más de 30 años de la instalación del concepto
de Desarrollo Sustentable como paradigma de un progreso más
equitativo y ambientalmente adecuado, la realidad indica que su
aplicación en la retórica no ha tenido su contraparte
en el plano concreto de los hechos.
Cabe
preguntarse entonces, cuál es la razón por la que
no puede lograrse lo que toda la humanidad pretende y hasta necesita
con extrema urgencia. En la búsqueda de una respuesta a
este interrogante surge la existencia de notables diferencias
entre las diversas recetas para alcanzar el Desarrollo Sustentable,
simplemente por el hecho de que se le han dado al concepto definiciones
tan amplias y ambiguas que lo han dejado expuesto a interpretaciones
muy disímiles (2), logrando, finalmente, que el Desarrollo
Sustentable posea tantos significados como sectores lo proclamen.
Así es como gobiernos, empresas, grupos sociales, movimientos
políticos, etc., utilizan el término para justificar
actos que se proponen realizar en defensa de sus intereses, los
que muchas veces se contraponen entre sí. (3)
De
esta manera, los actores protagonistas del actual modelo de desarrollo
se han apoderado del paradigma del Desarrollo Sustentable, y colocándose
al frente del mismo sugieren "cambios" al sistema actual
con el debido cuidado como para asegurarse que los mismos no cuestionen
ni vulneren su capacidad de crecimiento económico continuo,
sin reparar siquiera que ello, por su dinámica permanente
e indispensable de producción y consumo, es un componente
propio de la insustentabilidad del estilo de desarrollo vigente.
Por
lo tanto, hasta el momento sólo se pueden apreciar modificaciones
superficiales de tipo "estético" sobre los sistemas
de producción, mientras lo que realmente se necesita para
responder a los postulados del Desarrollo Sustentable son transformaciones
profundas de las instituciones políticas, económicas
y sociales hegemónicas que dan sustento al sistema actual
(4), así como incorporar una "dimensión ambiental"
al campo de la planificación económica, científica,
tecnológica, educativa, etc., induciendo nuevos valores
en el comportamiento de los agentes sociales y cuestionando los
principios morales, las reglas de conducta y los intereses que
promueve la racionalidad económica dominante (5).
II. Acciones internacionales en procura del Desarrollo Sustentable
En cuanto a las negociaciones internacionales para resolver los
problemas de la pobreza y la protección del ambiente, las
dimensiones olvidadas del Desarrollo Sustentable, se puede advertir
en todo mundo una gran decepción respecto a su lento y
complejo avance.
El
Programa 21 consensuado en la Cumbre de la Tierra de Río
de Janeiro de 1992, excepto en muy contados casos, no tuvo la
debida aplicación más allá del discurso,
ni en los países desarrollados ni en los subdesarrollados,
por cuanto no se ha logrado estar a la altura de las promesas
efectuadas y los compromisos asumidos.
Transcurridos
más de 10 años de aquel encuentro, los Acuerdos
sobre Cambio Climático y Diversidad Biológica allí
suscriptos no han logrado motorizar cambios y acciones concretas
de protección ambiental. Asimismo, actualmente las discusiones
de sus consecuentes Protocolos se alejan cada vez más de
las cuestiones técnicas inherentes a los Convenios que
les dieron origen, inclinándose pertinazmente hacia la
atención de intereses económicos de algunas de las
Partes.
Ciertamente,
tanto el Protocolo de Kioto (Convenio sobre Cambio Climático)
como el de Cartagena (Convenio sobre Diversidad Biológica)
se han convertido en el presente en ámbitos de negociaciones
económicas y comerciales, más propias de cuestiones
relativas a la Organización Mundial de Comercio (OMC) que
a los problemas ambientales por los cuales han surgido.
Por
el contrario, y como se ha puesto de manifiesto en la última
Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sustentable en Johannesburgo,
Sudáfrica, cuando se pretenden abordar críticamente
las políticas comerciales de ciertos países en función
de su consecuente influencia en el deterioro del ambiente y de
la calidad de vida de millones de habitantes de nuestro planeta,
aquellas naciones argumentan que tales asuntos tienen su ámbito
propio de discusión y que, por lo tanto, no corresponde
considerarlos en estos encuentros. Como si no fuesen esas cuestiones
las primeras que habría que analizar si de verdad se anhela
un auténtico Desarrollo Sustentable que contemple a la
totalidad de las naciones, y no sólo a unas pocas.
Respecto
a lo acontecido en dicha Cumbre, desarrollada entre el 26 de agosto
y el 4 de septiembre del 2002, más allá de algunas
voces de optimismo expresadas por parte de ciertos protagonistas,
difícilmente podamos experimentar una sensación
de entusiasmo en cuanto a sus resultados, puesto que en la misma
no se han logrado acordar políticas de acción significativas
en procura de los postulados del Desarrollo Sustentable. Tal vez
la única noticia auspiciosa que haya surgido del encuentro
sea el apoyo al Protocolo de Kyoto manifestado por China, Rusia
y Canadá, aunque hasta el momento, de estos tres países
sólo Canadá lo ha ratificado.
Entre
otros acuerdos alcanzados en la Cumbre figuran el de reducir a
la mitad la cantidad de personas (alrededor de 2400 millones)
que no tiene acceso a agua potable e infraestructura sanitaria,
detener la disminución de las reservas de peces para el
2015 y el compromiso, sin establecer metas específicas,
de impulsar el uso de las energías renovables. Como se
ve, en esta ocasión los avances fueron escasos hasta en
el plano de los anuncios y compromisos asumidos. De todos modos,
si bien se habla de fracaso de una Cumbre cuando en aquélla
no se alcanzan importantes acuerdos entre las Partes, a decir
verdad, una Cumbre fracasa cuando los acuerdos allí suscriptos
no alcanzan su aplicación práctica.
III. Situación y Perspectivas
Todo ello ocurre debido a que la preservación ambiental
y la eliminación de la pobreza fuera de las fronteras de
los propios países son cuestiones que ocupan una posición
relativamente baja entre las prioridades de los líderes
de las naciones poderosas, los que están más preocupados
por actuar en defensa de los intereses económicos de sus
ciudadanos, quienes son los que legitiman su poder por intermedio
de sus votos, que por lograr un crecimiento más armónico
y equitativo entre todos los países, cuestión indispensable
para lograr un verdadero Desarrollo Sustentable.
En
tal sentido, los sistemas democráticos nacionales, por
el modo en que están estructurados y por su dinámica
de funcionamiento (atiende a las demandas de los votantes de cada
país en particular), no se muestran capaces de dar una
respuesta efectiva a problemas de alcance global y que requieren
soluciones de largo plazo (varias generaciones de votantes y de
dirigentes), excepto que se diera el caso en el que determinadas
generaciones de votantes de los países más poderosos
demanden masivamente la solución de estos problemas como
cuestión prioritaria, algo que en atención a los
hechos y circunstancias actuales es improbable que ocurra.
Se
puede observar que los sectores beneficiados por el imperante
modelo económico no demuestran interés en comprometerse
con la sustentabilidad, pues su posición de privilegio
les permite gozar de los recursos naturales sin padecer los costos
ambientales y sociales derivados de su explotación, los
cuales son transferidos a los sectores más desprotegidos,
quienes viven en las zonas más contaminadas y con menor
acceso a los recursos, lo que determina su alto grado de vulnerabilidad.
(4)
Así,
en la mayoría de los casos, los movimientos ecologistas
de los países industrializados se orientan hacia la conservación
de la naturaleza, al tiempo que los problemas asociados con la
sobreexplotación de los recursos son transferidos a los
países más pobres. En este sentido, es posible hacer
una distinción entre los movimientos "ecologistas"
o "conservacionistas" de los países industrializados
y los movimientos "ambientalistas" de los países
pobres.
Mientras
el ecologismo de los primeros surge como una ética y una
estética de la naturaleza, como movimientos de conciencia
que desearían salvar al planeta del desastre ecológico,
éstos no cuestionan el orden económico dominante.
Por su parte, los movimientos "ambientalistas" en los
países pobres emergen en respuesta a la destrucción
de la naturaleza y la desposesión de sus formas de vida
y de sus medios de producción, promoviendo la transformación
del orden económico dominante y la construcción
de una racionalidad productiva alternativa (5).
Sin
embargo, más allá de estas consideraciones de tono
sumamente agorero en cuanto a las posibilidades de instituir políticas
integrales en la dirección del Desarrollo Sustentable a
nivel de todo el planeta, es justo mencionar también que
se han producido durante las últimas décadas importantes
avances en diversas materias. El conocimiento científico
y los desarrollos tecnológicos alcanzados han posibilitado
la consecución de significativos logros en cuestiones tales
como el diagnóstico ambiental, la prevención y detección
de la contaminación, la protección de especies y
de ecosistemas, el saneamiento de cursos de agua y otros sitios
contaminados, etc.
Estos
logros han permitido mejorar las condiciones de vida de muchas
personas y, en algún punto, actúan como contrapeso
de los deterioros ambientales provocados en otras regiones y ámbitos.
Al respecto, un avance en línea con el Desarrollo Sustentable
sería entonces lograr que ese conocimiento y sus tecnologías
derivadas estén disponibles y al alcance de todos los pueblos
y naciones de nuestro planeta.
Dos
cuestiones fundamentales deberán resolverse a la hora de
buscar soluciones a los problemas aquí planteados: La inequidad
que existe en el acceso a los recursos, tanto naturales como culturales,
económicos, tecnológicos, etc., cuyo grado de disponibilidad
actúa como factor condicionante de la calidad de vida de
las personas; así como la ausencia de una adecuada administración
de los recursos a escala planetaria, para asegurar que su utilización
se lleve a cabo de forma tal que pueda garantizarse la misma disponibilidad
de recursos, en cantidad y calidad, hacia el futuro. De tomar
"decididamente" un camino en ese sentido dependerá
el logro del Desarrollo Sustentable tal como su concepción
original lo define.
Está
claro que hace falta un cambio sustancial en las políticas
que gobiernan al mundo, las cuales deberán concebir al
planeta como unidad ecológica indivisible, como ecosistema
en el cual los hombres somos un componente más de la inmensa
diversidad de especies que lo habitan, pero teniendo en cuenta
que contamos con el nada desdeñable privilegio de tener
la capacidad de actuar sobre el ambiente y modificarlo en virtud
de nuestras prácticas culturales.
Justamente
allí radica nuestra gran responsabilidad como especie,
a tal punto que está en nuestras propias manos la posibilidad
de salvar el planeta (y salvarnos), o destruirlo (y acabar con
nosotros mismos). Si no logramos realizar lo que sabemos que debemos
hacer, será evidente que nuestros distintivos como especie,
el raciocinio y la inteligencia, definitivamente no nos habrán
beneficiado.
Que
el bienestar de unos pocos no se convierta en el verdugo de la
gran mayoría. @
Del Informe Bruntland a la Cumbre de Johannesburgo 2002
Por
Lic. Guillermo F. Urribarri
Miembro del Consejo Académico del MAE
gurriba@ambiente-ecologico.com
Referencias Bibliográficas
Real Academia Española. Diccionario de la lengua española.
Vigésima edición, 1984.
Dixon, John A. y Fallon, Louise A.; "El Concepto de Sustentabilidad:
Sus orígenes, alcances y utilidad en la formulación
de políticas". Society and Natural Resources, Vol.
2, 1989.
Matteucci, Silvia Diana; "La creciente importancia de los
estudios del medio ambiente". Editorial EUDEBA, 1998.
Güimaraes, Roberto P.; "El nuevo paradigma de Desarrollo
Sustentable". Revista Encrucijadas, UBA, Nº 10, agosto
del 2001.
Leff, Enrique; "Saber Ambiental". Siglo veintiuno editores,
en coedición con el centro de investigaciones interdisciplinarias
en ciencias y humanidades y con el Programa de Naciones Unidas
para el Ambiente, 1998.